Pensé que nunca te perdonaría porque me privaste de tu presencia, porque ahogaste miles de palabras de amor, si es que alguna vez las tuviste para mí; me quitaste el gozo de sentir tan solo una de tus caricias y me convertiste en mendigo del rose de tus manos sobre mi cabeza; enmudeciste cuando más necesitaba de tus consejos, cuando estaba carente de una expresión de aliento, por qué ¿sabes? tan sólo una mirada de cariño tuya me hubiera sacado de los pozos profundos y hostiles de soledad a los que me confinó tu desdén.

Tu ausencia marcó mi destino y lo convirtió en un océano de abandono, de miedo por las noches y de incertidumbre para caminar por la vida.

Cuánto añoré una sonrisa tuya, una palmada en el hombro, un cálido abrazo; cuánto deseé acurrucarme en tu regazo cuando allá afuera, el mundo no era lo que yo soñaba, cuando no encontraba un lugar en la vida, cuando tropecé infinidad de veces, cuando necesité que me ayudaras a sacudirme el polvo que cubrió mi alma al caer y caer y caer…

Cuánto imploré un mínimo signo de aceptación tuyo que nunca llegó, y que supliste por olas de desamor, de maldiciones, de golpes, de descalificaciones, de sufrimiento.

Me privaste de tu aliento por las noches; me robaste miles de historias de hadas y de cuentos de príncipes que se murieron en un cuarto frío, solo y húmedo; tras una puerta que nunca se abrió cuando mi llanto y mis gritos anunciaban el miedo que me invadía cuando las pesadillas intrusas alteraban mis sueños infantiles.

Me arrebataste el gusto de disfrutar una Navidad, un Día de Reyes, una fiesta de cumpleaños; me quitaste la felicidad de correr por el parque tomada de tu mano, acompañada de tus pasos, de tu risa, de tu sonrisa de satisfacción al verme crecer, de ser parte de ti, de tu sangre, de tus sueños, de tus añoranzas…

Siempre me sentí culpable de tu insatisfacción personal, por tu desamor porque así me lo hiciste sentir, pero nunca supe qué fue lo que hice para provocar esos sentimientos hacia mí.

Nunca te pude dar gusto, porque nunca supe lo que esperabas de mí;  pero a pesar de todo tu rechazo y con tu equivocado proceder hacia mi, tuviste y tienes mi admiración, porque nunca te faltaron las fuerzas y las agallas para salir adelante tu sola con cuatro responsabilidades, con cuatro compromisos, con cuatro vidas.

Nunca pensé que te podría perdonar, sin embargo, ahora al tiempo y a la distancia solo quedan en los recuerdos esos tragos amargos; y en mi corazón, en mis pensamientos y en mi alma un gran amor por ti.

Quizá nunca te lo pueda decir, porque aún sigues poniendo un muro cuando me acerco a ti para prodigarte mis atenciones, para abrazarte, para besarte, para decirte cuanto te amo y cuan importante eres para mi.

Por eso quiero que estas palabras, aun cuando tú no te enteres de ellas, lleguen a ti disfrazadas de un hermoso amanecer, de unos cálidos y brillantes rayos de sol; enmascaradas de la sutileza de una hoja al caer; vestidas de la fuerza del viento al despeinar tus canas; engalanadas con el trino de los pájaros que revolotean en tu higuera, que se posan en tu ventana y que te anuncian un nuevo día; el nuevo día que a Dios pido por ti madre cada mañana…